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Sección orientada a profundizar en tendencias clave, analizando su contexto, drivers y proyecciones a partir de múltiples señales del entorno. Cada entrega presenta un desarrollo más analítico y visual, traduciendo la tendencia en insights aplicables para estudiantes y docentes.

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Lo que nos dejó el Mundial 2026

Más allá del resultado en la cancha, el torneo consolidó nuevas formas de diseñar la pertenencia, transformando el vestuario, los objetos coleccionables y las experiencias de consumo en protagonistas del fenómeno mundialista.

Desde su primera edición, la Copa Mundial FIFA nunca funcionó únicamente como una celebración deportiva. Con el paso de las décadas, «el mundial» se ha consolidado como un fenómeno cultural capaz de reorganizar dinámicas sociales y de consumo a escala global, desde el momento en que se anuncia el país sede hasta la culminación del último partido de la edición que se esté celebrando. 

Este evento ha acompañado a la sociedad en distintos momentos de tensión política y económica, ocupando un espacio de pausa colectiva; un encuentro emocional donde la atención se centra en los enfrentamientos desde un carácter de juego y competencia, en el que se representa la pasión y el orgullo nacional de cada selección con banderas, cantos y coloridas camisetas. 

Su primera edición, celebrada en 1930, ya operó en ese registro. Llegó al año siguiente del quiebre financiero de 1929 cuando la crisis anticipaba consecuencias globales, y ofreció un desvío de atención, una reafirmación de identidades y, sobre todo, una inyección de optimismo en un clima de incertidumbre. 

Décadas después, la reconfiguración que produce el evento sigue produciéndose más allá del deporte, adaptándose a los límites y estándares de las nuevas generaciones que lo expectan dentro de un entendimiento del consumo radicalmente distinto al de mundiales anteriores, expandiendo su relevancia hacia la cultura, el comercio y, cada vez con más claridad, hacia el diseño.  

La edición de este año se inserta en un contexto especialmente cargado, tanto en términos futbolísticos como socio económicos globalmente. A la tensión geopolítica y a los cuestionamientos éticos sobre la escala del propio evento, se suma un conflicto producido por los cambios en la forma de consumir el deporte protagonista del evento. Esto se relaciona directamente a su vez con una inminente fragmentación digital entre las nuevas generaciones espectadoras de la copa, y se agrega a un dato que los fanáticos del fútbol difícilmente podrían ignorar, y es que todo indica que este sería el último mundial en el que estarán presentes Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para una generación entera de seguidores, representa el cierre de una era, y ese peso simbólico no es menor a la hora de entender por qué esta edición logró generar una respuesta cultural y de consumo inusualmente intensa. 

Esta transformación del deporte rey tal como lo conocíamos, es bautizada por el cronista chileno Juan Pablo Meneses como “Postfútbol” en su libro homónimo. En esta obra publicada recientemente, Meneses desarrolla este fenómeno explicando los radicales cambios que ha experimentado el fútbol durante el último siglo, dejando atrás su esencia colectiva para mutar en una práctica individualista, impulsada por las lógicas del mercado global y la cultura digital. Es en estas nuevas prácticas en donde el partido importa cada vez menos; todo lo que lo rodea, cada vez más. El foco se desplazó del seguimiento de equipos al de jugadores individuales, la emoción se concentra en los fichajes más que en los goles, y las camisetas se convirtieron en artículos de moda efímera.  

Para Meneses, este Mundial es la consolidación plena de esa lógica: múltiples sedes, horarios fragmentados, precios prohibitivos y una experiencia diseñada prioritariamente para el consumo en pantalla antes que para la vivencia directa en el estadio. Esto convierte lo que siempre fue un rito comunitario de celebración del deporte alrededor de un televisor, en experiencias frías y contemporáneas de scrolleo entre los breves videos que logren mostrar los mejores momentos del partido mientras suceden; y transforma al hincha en un usuario de necesidad incesante de estímulo deportivo. 

El diseño no es un agente neutral que documenta el fenómeno desde afuera sino uno de sus instrumentos centrales.

Las identidades visuales, los pop-ups y las activaciones de marca son la sustancia misma del postfútbol sin intentar decorar la celebración en sí, siendo la forma más visible de que la participación del consumidor en el mundial ya no depende exclusivamente de asistir a un estadio o seguir los encuentros por televisión, si no que puede materializarse a través de una camiseta, una figura coleccionable, una edición limitada o una experiencia de marca. 

Paradójicamente, es esta misma fragmentación cultural acelerada por la digitalidad la que hace resurgir al fútbol como lenguaje común, entendido como un sentimiento compartido que el diseño también empieza a leer como valor simbólico. 

Es en ese escenario donde marcas, objetos y disciplinas ajenas al fútbol se apropian del imaginario mundialista: sus códigos visuales, emocionales y estéticos. Camisetas, paletas de color, tipografías y dinámicas de pertenencia se convierten en recursos culturales que trascienden lo deportivo. Más que una tendencia, el mundial se consolidó como una plataforma transversal de consumo, identidad y diseño contemporáneo. 

Vestuario: camisetas, moda y bloke core  

Pocas prendas han tenido en los últimos años una trayectoria tan inesperada como la camiseta de fútbol. Lo que durante décadas funcionó exclusivamente como uniforme deportivo hoy aparece en pasarelas, en editoriales de moda y en los outfits cotidianos de personas que probablemente nunca han pisado una cancha, ocupando el espacio mediático que el postfútbol pareciese construir con fuerza alrededor de la prenda. El mundial 2026 no creó este fenómeno, pero sí le dio una plataforma y una escala que no había alcanzado antes. 

Uno de los puntos de partida más visibles fue la presentación de los nuevos diseños de Adidas. La marca, fabricante de gran parte de las camisetas de selección en esta edición, eligió mostrar sus piezas en una pasarela con rostros no deportivos, en contextos completamente ajenos al fútbol. Estas camisetas no se presentan sólo como indumentaria funcional, sino como objetos de diseño con identidad propia.  

En Chile, la presentación tuvo un eco particular. Aunque el país no clasificó para esta edición, Adidas lanzó de todas formas un nuevo diseño de camiseta nacional y una camiseta alternativa, siendo esta última modelada en la pasarela por el artista y cantante Kidd Vooddoo. El diseño, desarrollado a partir de estudios de mercado realizados por Adidas en 2023, abandona los símbolos patrios tradicionales y toma como referente visual el desierto florido, fenómeno natural del norte del país que los propios chilenos identifican como uno de sus mayores orgullos nacionales. La decisión marca un cambio significativo: por primera vez, la representación nacional deja de centrarse en el escudo y la bandera para construirse a partir del territorio y el paisaje. La elección del desierto florido, junto con la rápida comercialización que tuvo esta versión frente a otras camisetas alternativas, evidencia la búsqueda de narrativas más emocionales y cercanas, donde la identidad nacional no depende únicamente de símbolos oficiales, sino también de paisajes, recuerdos colectivos y elementos culturales con los que las personas establecen vínculos personales. Esta decisión adquiere además especial relevancia en un contexto en el que la camiseta de fútbol deja de existir únicamente dentro del estadio y comienza a convertirse en una pieza de vestuario y moda contemporánea. 

Sumado a esto, desde hace algunos años, la generación Z masificó en plataformas como Pinterest e Instagram, una estética conocida como bloke core: la combinación de prendas deportivas, especialmente camisetas de fútbol vintage o con diseños llamativos, combinada con ropa de uso cotidiano dentro de un carácter más urbano. Pantalones anchos, faldas cortas de mezclilla, capas, zapatillas. La camiseta es siempre utilizada como pieza central, no como accesorio. El Mundial 2026 tomó esa base y la amplió considerablemente. Según datos de Pinterest recopilados por Vogue Business, las búsquedas relacionadas con “World Cup shirts” aumentaron un 840% respecto al año anterior, mientras que consultas como “shirt with heels outfit” (+81%) y “Brazil shirt outfit women” (+302%) también registraron un crecimiento significativo. Más que un aumento del interés por el deporte, estas cifras reflejan como lo que antes era una tendencia de nicho se convirtió en un fenómeno masivo de apropiación estética del fútbol en el vestuario. 

Marcas emergentes comenzaron a intervenir camisetas de selecciones como punto de partida creativo, transformando una prenda asociada al rendimiento deportivo en un soporte para la experimentación textil y la construcción de nuevas narrativas visuales. Lunamarzo (BR), por ejemplo, cubrió la camiseta de Brasil en lentejuelas doradas, conservando elementos identitarios como el cuello verde y la bandera bordada, mientras que Dilemma (UK) utilizó camisetas deportivas como base sobre la que superpuso corsets de encaje, mezclando códigos tradicionalmente opuestos dentro del vestir. En paralelo, el fenómeno se expandió orgánicamente en redes sociales. Jóvenes comenzaron a incorporar camisetas de selecciones en estilismos acompañados de transparencias, pedreríabordadostejidos y prendas de inspiración romántica o urbana, resignificando el objeto deportivo desde una lógica completamente distinta a la del deporte. La camiseta de fútbol dejó de pertenecer exclusivamente al hincha y hoy funciona como superficie creativa, recurso de estilización y una pieza de diseño capaz de adaptarse a múltiples lenguajes estéticos.

La expansión de estos códigos y lenguajes también llegó al retail masivo local. En Chile, Sybilla lanzó una colección de mini t-shirts inspiradas en las camisetas de Chile, Brasil, Argentina, Francia y Japón: mismos colores, mismos elementos visuales, siluetas completamente distintas. Las prendas no fueron adaptadas del deporte sino diseñadas desde cero como piezas de moda, donde el styling y la versatilidad mandan por sobre cualquier vínculo con el rendimiento deportivo. Este lanzamiento resulta especialmente significativo porque evidencia cómo los códigos visuales asociados al fútbol comienzan a desprenderse de su contexto original para integrarse al vestuario cotidiano a nivel nacional. Los colores, composiciones y referencias a selecciones nacionales funcionan como recursos estéticos capaces de adaptarse a distintas propuestas de moda y consumo, dejando de operar únicamente como símbolos de afición deportiva. 

Esta influencia del fútbol en el vestuario contemporáneo ha alcanzado incluso a la industria del lujo. Si durante décadas las casas de moda miraron hacia disciplinas como el arte, la música o el cine en busca de inspiración, hoy el deporte comienza a ocupar un lugar similar dentro del imaginario creativo global. Marcas de lujo participaron activamente de la narrativa mundialista, vistiendo selecciones nacionales y adoptando códigos visuales asociados al fútbol, demostrando a su vez que esta relación entre la moda y el deporte logra expandirse fuera de colaboraciones puntuales. 

Para la Copa Mundial de 2026, Loewe fue anunciada como socio oficial de vestuario formal de la selección española para los ciclos mundialistas de 2026 y 2030, mientras que la llegada de la selección francesa a distintas concentraciones internacionales generó atención mediática por la presencia de accesorios de Louis Vuitton, Hermès y Chanel. Paralelamente, futbolistas como Erling Haaland comenzaron a ocupar un lugar protagónico en la industria de la moda, participando en campañas y desfiles de firmas como Dolce & Gabbana. En esta misma línea, Nike profundizó la apuesta con su programa X2, una serie de cápsulas que reinterpretan los kits oficiales de siete selecciones a través de la mirada de diseñadores y marcas de culto vinculadas a cada país. Francia, por ejemplo, encontró su versión en Jacquemus, que tradujo el tricolor nacional en un lenguaje propio, comprendido entre la elegancia francesa y toques vintage que recuerdan uniformes de décadas anteriores, pensado tanto para la cancha como para la calle. Este caso en particular muestra como marcas deportivas gigantes y muy representativas como lo es Nike, validan el cruce del fútbol con la moda como estrategia central dentro de sus narrativas en este mundial. En este contexto, la copa mundial dejó de funcionar únicamente como espectáculo deportivo para convertirse en un lenguaje cultural capaz de influir tanto en el consumo masivo como en los segmentos más exclusivos de la industria de la moda. 

Álbum de láminas Panini 

Uno de los fenómenos más transversales de esta edición no tiene pantalla ni algoritmo: es un libro de tapas duras lleno de espacios vacíos para completar. El álbum de figuritas Panini ha acompañado los mundiales desde hace décadas, pero en 2026 su masividad escaló a niveles que sorprendieron incluso a quienes ya lo veían venir. El álbum cruzó generaciones, geografías y perfiles de consumidor de una forma que pocas campañas de marketing logran deliberadamente. 

Como objeto, el álbum combina coleccionismo, comunidad y diseño en cada página. Cada lámina es una pieza gráfica: retratos, escudos, uniformes, datos, composiciones tipográficas. En conjunto, funcionan como un archivo visual del fútbol mundial. Y el ritual de completarlo, de buscar, intercambiar y pegar, activa una lógica de participación que va mucho más allá del consumo pasivo. 

En Chile, el impacto fue especialmente notorio. Centros comerciales de todo el país comenzaron a organizar y promocionar jornadas de intercambio de láminas dentro de sus propias instalaciones, un movimiento en parte autogestionado por los coleccionistas y en parte impulsado por los comercios como estrategia de afluencia. El resultado fue un fenómeno de encuentro físico, analógico y comunitario en medio de un ciclo de consumo mayoritariamente digital, que continúa incluso posterior al cierre del mundial. 

La escala del fenómeno a nivel nacional, llegó incluso a instituciones públicas en intentos de nuevas instancias de recreación y entretención comunitaria. En junio de 2026, la Corporación Municipal de Colina fue cuestionada por la Fundación América Transparente luego de adquirir 1.700 álbumes y 6.800 sobres de láminas del Mundial, en una compra que sumó cerca de 13 millones de pesos; en un pago que fue efectuado en dos transacciones con el fin de evitar una licitación. Más allá de la polémica administrativa que generó el caso, esto mostró como el álbum dejó de ser un coleccionable infantil de nicho para convertirse en un fenómeno con peso económico real, capaz de movilizar incluso presupuestos institucionales y comunidades que buscan reunirse con el propósito de compartir el coleccionismo e intercambio como instancia de recreación. 

Productos y Marketing: Labubu, Coca-cola, Lego 

El álbum de Panini no fue el único objeto coleccionable que capturó la atención del público en torno a este mundial. En paralelo, una lógica de consumo ya instalada en la cultura pop encontró en el fútbol un nuevo territorio: el blind box. 

Uno de los lanzamientos más anticipados fue la colaboración de Pop Mart con la Copa Mundial FIFA, a través de una edición especial de Labubu. El anuncio se realizó en marzo con varios meses de anticipación al inicio del torneo, lo que permitió que la expectativa se construyera en redes sociales antes de que el producto estuviera disponible. El resultado fue predecible para quienes conocen la dinámica de Pop Mart, produciéndose un agotamiento de stock rápido y una viralización que expande el alcance del producto mucho más allá del público futbolero. 

La presencia de Labubu se extendió incluso más allá del producto físico. Durante la ceremonia de inauguración, personajes corpóreos inspirados en la figura aparecieron interactuando con asistentes y cámaras, ocupando un lugar visible dentro de la puesta en escena del evento. En este contexto, el personaje deja de ser un simple coleccionable para transformarse en un símbolo reconocible dentro de un ecosistema de consumo que combina deporte, entretenimiento y cultura visual, compartiendo un espacio simbólico con la apertura de la Copa Mundial.  

Coca-Cola, por su parte, en esta edición no se limitó a un solo lanzamiento, sino que construyó un sistema de marca completo en torno al mundial, pensado para acompañar al consumidor en cada punto de contacto posible con la copa. Como patrocinador oficial, la marca no se conformó con poner su logo en las vallas y pantallas publicitarias, sino que diseñó toda una arquitectura de productos coleccionables que funcionan como capas distintas de una misma experiencia. 

La pieza más global fue su versión del blind box, con una colección de osos polares, mascota histórica de la marca, vestidos con camisetas de distintas selecciones nacionales. A esto se sumó el lanzamiento de un packaging esférico en edición limitada, disponible en mercados seleccionados.  

Nuestro país recibió una porción de este sistema de marca pese a no estar dentro de los clasificados, ya que Coca-cola lanzó una edición de 14 láminas coleccionables propias, sumándose directamente a la fiebre del álbum mundialista, además de una edición especial de dos vasos coleccionables y una serie de latas cuyas gráficas representan a distintos países participantes de la copa. 

Lo que resulta interesante de esta estrategia, es que cada producto cumple una función distinta dentro del mismo sistema, ya que los blind box de osos cubren el coleccionismo desde la sorpresa y la expectación de lo aleatorio, mientras que las láminas apelan al ritual ya instalado y probado del álbum. Los vasos y las latas a su vez, funcionan como souvenirs de consumo cotidiano y accesible. Esto posiciona a la estrategia fuera de una campaña de publicidad, multiplicando la presencia de la marca a distintos formatos con el fin de estar en cada gesto de consumo posible asociado a este mundial. 

Por otro lado, la marca de juguetería armable Lego también encontró en este mundial una oportunidad para construir su propio sistema de productos, escalando desde lo coleccionable hasta lo experiencial. La pieza central de esta apuesta es una réplica armable a tamaño real de la Copa Mundial, que en Chile se comercializa cerca de los 210 mil pesos, posicionándose como un objeto de coleccionista serio más que como un juguete convencional. 

La marca llevó esa misma lógica a la calle en uno de los países anfitriones de esta edición del mundial, con una activación en Guadalajara y en el zócalo de CDMX que terminó por convertirse en uno de los momentos más virales de la copa dentro de México. En el marco del Fan Festival, Lego instaló un stand que obsequiaba a los participantes que fueran capaces de armarlo, una réplica a escala del armable de la copa, gratuita como recuerdo de la experiencia. La convocatoria fue tal que se formaron filas de cerca de tres horas, un dato que por sí solo dice mucho sobre la capacidad de esta marca para generar deseo físico, y no solo digital alrededor del mundial, especialmente en las ciudades donde fue celebrado. 

A esto se suma una línea de sets coleccionables centrados en jugadores: figuras armables de Vinícius Jr.MbappéMessi y Ronaldo, pensadas para fans que buscan llevar el mundial a una estantería más que a una vitrina deportiva. En paralelo, algunos de estos mismos futbolistas se sumaron a una campaña adicional de la marca en la que se mostraban sus propias versiones construidas en miniatura, instaurando una pieza de contenido que funcionó como puente entre el universo Lego y el ídolo real, reforzando el vínculo emocional con cada figura. 

En conjunto, Lego logró algo similar a lo que ya vimos en Coca-Cola: no se trata de un solo lanzamiento, sino de un ecosistema de productos y experiencias que cubre distintos niveles de involucramiento, desde el coleccionista dispuesto a pagar por una pieza premium, hasta el fanático que solo busca hacer fila para llevarse un recuerdo gratuito. 

Cierre 

El recorrido por las publicaciones de jóvenes interviniendo camisetas, los álbumes agotadosblind boxes virales y personas esperando durante horas por sus réplicas armables deja una conclusión que excede la anécdota: el diseño no está simplemente documentando este Mundial desde afuera, sino que participa activamente en la forma en que las personas lo viven. Cada objeto analizado, constituye una manifestación distinta de un mismo fenómeno, donde los productos dejan de operar de manera aislada para integrarse en un ecosistema de consumo que amplía las posibilidades de participar del evento. 

En gran parte, este escenario confirma la lectura que propone Meneses sobre el postfútbol, donde el partido dejó de ser el único centro de atención para convivir con una red cada vez más amplia de objetos, experiencias y formas de consumo. Sin embargo, al observar el fenómeno desde el diseño aparece un matiz importante. Durante los meses previos al torneo, y en el transcurso del mismo, no solo circularon más productos; también surgieron nuevas instancias de encuentro en torno a ellos, creando nuevos espacios desde los cuales esta puede construirse y resignificarse. 

Esta edición del mundial además, nos deja una reflexión especialmente a quienes observan y consumen en función al diseño en sí mismo como disciplina.

Si el deporte rey ya no se vive principalmente desde la cancha o la pantalla, sino desde la camiseta que se interviene, la lámina que se intercambia o la figura que se colecciona, entonces el diseño dejó de ser un actor secundario en la cultura del fútbol. Se convirtió en uno de sus lenguajes centrales, y probablemente seguirá siéndolo mucho después de que España haya levantado la copa. 

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